Carlos Aguilar Piedra

 

 

 

 

 

Profesor emérito de la Universidad de Costa Rica y Maestro por siempre

 

La obra académica y profesional del profesor Carlos H. Aguilar Piedra es impresionantemente diversa y profunda.  Si tuviéramos que precisar un perfil de su trayectoria, obligadamente deberíamos mencionar su pasión por la vida, por la creación artística, por la investigación arqueológica, pero sobre todo por la historia de su país.  Los esfuerzos extraordinarios que el profesor Aguilar ha realizado en su vida profesional, han estado siempre matizados por su compromiso con la protección, la conservación y el conocimiento del patrimonio arqueológico costarricense y centroamericano.

 

Su vida profesional se fue tejiendo con diversas fibras, las originarias de su provincia natal Cartago, y con otras más cosmopolitas y universales como la mexicana, la sudamericana y las de herencia europea y asiática. 

 

 

 

 

 

 

Así, vemos en el decenio de los mil novecientos treinta a un joven recién graduado de Bachillerato del Colegio San Luis Gonzaga como maestro en Tucurrique, una comunidad de herencia indígenas contemporáneas.  Seguiría luego en su aventura por la vida como maestro rural en la Gloria, Tejar y Llano Grande de Cartago.  Posteriormente pasa a al Departamento de Historia Nacional del Museo Nacional, en donde terminaría de perfilar su futuro profesional.

 

En 1939, por iniciativa del aquel entonces ornitólogo y Director del Instituto Sthmisonian de Washington, a quien don Carlos asistió en el Museo Nacional, opta por una beca para estudiar Arqueología en la Escuela Nacional de Antropología de México.  Don Carlos y otro costarricense más, fueron elegidos de una nómina de 150 solicitudes.  En 1946, se convierte en el primer arqueólogo profesional centroamericano.

 

A su regreso al país, como el único arqueólogo profesional costarricense, don Carlos tuvo que lidiar con la ausencia de políticas de Estado para el estudio y protección del patrimonio arqueológico costarricense.  Las posibilidades de realización profesional fueron limitadas y este joven arqueólogo, lleno de mística y energía, no tuvo más remedio que buscar otras opciones laborales para sobrevivir.  Se le dio el puesto de Inspector de Escuelas Indígenas.  Enseño cabecar con el libro de texto elaborado por el antropólogo mexicano, Ricardo Pozas, en la comunidad de Salitre.  Sus días como inspector terminaron no muy felizmente cuando estalla la Revolución del 48 y por varios días debió permanecer recluido en una cárcel en el sur del país.  Entre otras actividades, se desempeñó como Director del Colegio Vocacional (COVAO) por ocho años.

 

En 1962 ingresa a la Universidad de Costa Rica como profesor de las cátedras de Arqueología de América.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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